Entradas

Puede nevar… o no.

Puede nevar. Lo dicen los cuellos altos, más altos que de costumbre, de los jerseys de punto. Las luces de Navidad, que amenazan desde lo alto de las calles; desde lo alto de El Corte Inglés. Lo dice un viento del Norte. Y la noche, que se hace de noche cuando aún es de día.

Es ya 30 de noviembre. Hace frío. Mucho frío. Así que vayamos a la playa, hagamos picnic, bailemos la canción del verano…

¿Qué?

(En estos momentos, debido a problemas técnicos, no podemos seguir emitiendo. Por favor, permanezcan a la espera)

Puede nevar así que vayamos a la playa. Creo que nos habíamos quedado en eso. Todo muy coherente. Sí, porque si escribes algo sobre el invierno escuchando la banda sonora de una película que habla sobre el verano, ese sol por el que no parece pasar ninguna crisis, esas carreteras secundarias de la Costa Azul francesa, ese mar… Oh, la mer… Si haces eso, digo, ya no puedes escribir nada sobre el invierno. La solución es ponerte unos villancicos, una música íntima, qué se yo. Es como dar muchas vueltas hacia un lado y después girar en sentido inverso para contrarrestar el correspondiente mareo centrífugo. O apagar la música, directamente.

No puedo escuchar música mientras voy por la calle.

Todo parece distinto con música. Todo cobra una fuerza dramática impresionante. Pura asociación. En la vida real no hay banda sonora. En el cine, sí. Lo curioso es que pocas veces somos conscientes de que parte de lo que sentimos en el cine entra por los oídos; también lo que intuímos, sospechamos, barruntamos o escrutamos. Gran parte de la información, de la historia y de los sentimientos no los vemos: los oímos. Lo oímos, no lo escuchamos, porque escuchar es oír prestando atención. Las bandas sonoras crean el ambiente, un todo que envuelve todo hasta el espectador.

En la calle pasa lo mismo.

De ahí que, con música, los pasos de cebra se conviertan en frentes de guerra, la niebla parezca dejar paso a un bosque encantado, las sirenas de las ambulancias te arranquen a media tarde (cuando ya es de noche) un “la ciudad nunca duerme”, los puestos de castañeras te hagan viajar en el tiempo. Y que vayas por la calle con esa cara de circunstancias, esa cara de ¡¡Oh, encuentro drama en el parpadeo verde del luminoso de la farmacia!! Hablo de bandas sonoras clásicas. La cosa cambia mucho si escuchas reggaeton, porque entonces te entran unas ganas locas de perrear (del inglés, to dog; de modo análogo a catear, to cat; ¿será por eso que perrear y catear…? Bueno, da igual); recuérdenme darles un día una lección de: el origen inglés del castellano.

Ahora suena el reloj de péndulo de la vecina. Marca las doce. En el Spotify canta desde los ’90 Sabina. No me importa que me den las doce, la una, las dos o las tres. Pero que desnudo al amanecer me encuentre la Luna, con el frío que hace, como que no. Puede nevar. Buenas noches.

Cuánto tiempo

Hace mucho que no escribo. Cuánto tiempo. No por falta de ganas ni de qué contar. Sino de tiempo.

Cuánto tiempo.

¿Cuánto tiempo hace falta para escribir un post? No sabría decir, pero a mí mucho. ¿Cuánto hace falta para escribir un tweet en Twitter? Poco, relativamente poco. Por eso, ahí a tu derecha, voy a ir dejando caer los tweets, como pequeños post en cápsulas para cuando tenga tiempo de imaginar pero no de escribir. Y, en algún momento, algunos de ellos crecerán y se mudarán a vivir aquí a la izquierda, donde ahora tú estás leyendo. Dejarán el nido de Twitter y echarán a volar (perdón por la metáfora: está muy mal traída, lo sé).

¿Cuánto tiempo falta para eso? No lo sé, no lo saben tampoco ellos. Pero cada vez queda menos.

La casa por la ventana

Una cena necesita de comensales, comida y una mesa.

Mentira.

También necesita que los comensales, la comida y la mesa coincidan en tiempo y lugar. Y que ese tiempo y ese lugar sean satisfactorios para todas las partes, esto es: los comensales, la comida y la mesa. No he nombrado las sillas porque hay quien cena sin sillas, en el suelo, con un cojín, en un sofá… o quien cena de pie para ir más rápido o no gastar silla; por tanto, el elemento de asiento no es denominador común y adopta múltiples formas.

Julio tocaba a su fin con una temperatura agradable de noche de verano al tiempo que el lunes hacía honor a su nombre con una luna llena brillante en lo alto del cielo. Dos factores que invitaban a pasar la noche fuera de casa o, al menos, en un lugar sin techo.

La cena estaba lista desde el mediodía, los comensales iban llegando a cuentagotas y la mesa estaba dispuesta en el centro del salón, rodeada de sillas que la custodiaban y retenían para evitar que, en un alarde de locura, quisiera utilizar sus cuatro patas para emprender “una fuga”. Y así era, porque la mesa, que antes de mesa fue árbol, había nacido en una fábrica sueca de muebles y pasado su infancia en un oscuro almacén a la espera de que alguien se fijase en su atractivo color wengé y le diera de nuevo un hogar. Mucho tiempo a oscuras, alejada del olor y el tacto de la brisa de las tardes de verano de las que disfrutaba tiempo atrás. También ella quería cenar fuera de casa y así se lo hizo saber a los comensales, a los que convenció para que la sacaran a la terraza de aquel piso en el que el verano entraba por la cocina y salía por el salón, inundándolo todo de un cálido color naranja, el mismo color que la dueña quería darle a las paredes, brocha-gorda/rodillo mediante.

Y sucedió que el arquitecto del piso, sentado en su elegante despacho y bajo la luz de su flexo de arquitecto, optó por colocar las columnas en los sitios más incómodos, jugándose así su buen karma sólo por tener la fantasía de ver a los futuros inquilinos de su creación de ladrillo y tarima flotante retorcerse al tratar de meter los muebles por la puerta de entrada, luego por la del pasillo y después por la de cada habitación. Lo que el arquitecto no sabía era que, una vez realizada la mudanza, una mesa capulla les iba a dar la cena a los comensales mientras la comida se enfriaba por el puñetero capricho de ésta por cenar outside. Lo que el arquitecto no sabía es que sus escuadras y cartabones conjuraron en los planos una ventana a media altura en la escalera que comunicaba directamente con la terraza. Lo que el arquitecto nunca sabrá es cómo los comensales se las ingeniaron para esquivar columnas, marcos de las puertas, tiradores, mandos de la luz, cuadros y demás mobiliario urbano para sacar la mesa hasta la escalera y sacarla por la ventana. El arquitecto tampoco contaba con la fuera titánica de unos comensales aún sin comer, estoicos ellos, capaces de soportar cualquier dolor y no dejar que la mesa cayera al vacío y se precipitara contra las cuerdas de tender de la terraza de abajo, en cuyo caso, la mesa habría rebotado y la cosa no habría ido a más.

La mesa consiguió su objetivo y admitió de buen grado el mantel de flores que la cubría y protegía de la grasilla de la tortilla. Así fue como esa mesa les regaló a los comensales una bonita cena con olor a verano, amigos y risas: en el fondo, no lo había hecho por ella. Y así fue cómo les enseño que, por muy difícil que se pongan las cosas, siempre hay una solución por ahí escondida o, en su defecto, siempre se podrá echar la casa por la ventana, en sentido literal. Y con eso, seguro, que no contaba el arquitecto.

Chicles de fresa

Me sorprendió lo limpio, amplio, luminoso y vacío del baño de aquel restaurante de comida rápida. Un restaurante fotocopia a color de los muchos de su cadena (situados aquí y allá en el mapa), de esos que te ponen en bandeja redonda de aluminio la fantasía de que, al cruzar la puerta de salida, podrías encontrarte en cualquier otro lugar; algo parecido a la magia de los ascensores, a los que entras por unas puertas que tras unos instantes se abren hacia otro lugar. Y en aquel baño luminoso, pero en la oscuridad del cubo de basura, tiré el envoltorio de mis chicles de fresa.

Los chicles son un capítulo aparte en materia culinaria. Son una fantasía: emulan sabores, tantos como puedas imaginar; y, sin embargo, no hay ninguno con sabor a chicle porque, ¿a qué sabe un chicle realmente? Emulan comida, pero no te los puedes comer (dicen que se te pegan en la tripa), tragas aire y te dan más hambre, aunque el sabor del chicle en cuestión sea de fabada doble asturiana.

No me interesan los chicles.

Me interesa qué hacemos con ellos.

Dime qué mascas y te diré quién eres. Dime cómo lo mascas (con disimulo, rumiando como un mulo, a glotis descubierta) y te diré cómo eres. Dime por qué mascas chicle y te diré qué te preocupa. Dime dónde lo tiras y te diré lo guarro que eres. Los chicles hablan de nosotros cuando nosotros no podemos hablar porque tenemos la boca en otros menesteres (a no ser, claro, que estés mascando un chicle poligonero, que no sólo hace juego con los pendientes de aro de circunferencia des-Orbit-ada sino con la boca abierta de par en par).

¿Y qué pasa con los envoltorios de los chicles ya vacíos, conocedores de la historia de cada uno de los chicles que contenía? ¿No tienen nada que decir? Algunos envoltorios, como los de los chicles que guardan los cromos de Panini de la liga de fútbol tienen poco que contar pues son como el papel de regalo de los regalos que se esperan con impaciencia y que se desgarra sin prestar mayor atención. En cambio, hay otros envoltorios, como el que tiré a la basura en aquél restaurante, que te acompañan a lo largo de 10 comidas/cenas fuera de casa, una por cada chicle, y que serían un diario de bolsillo en papel de aluminio, conocedor de los días en los que la rutina escapa de sí misma.

Aquel envoltorio arrugado, anciano, con experiencia y con los chicles ya emancipados lo compré en una máquina de auto-venta, viajó conmigo en el bolsillo de distintos pantalones y, cada vez que lo sacaba de allí para coger un chicle de fresa ácida, él veía un sitio distinto: la casa de un amigo, Madrid, un parque, una boda… Creería que los bolsillos de un pantalón tienen algo de mágico, como las puertas de un ascensor o las de un restaurante de comida rápida.

Si dejásemos hablar a los envoltorios de chicles, nos contarían cosas de nosotros mismos que ni siquiera nosotros sabemos. Nos invitarían a saborear sabores imaginarios de chicle. Nos dirían que hay historias tan pequeñas que caben en el hueco que dejan 10 chicles. Pero para eso hay que prestar atención. Comprar chicles de fresa ácida porque no hay de los de menta y esperar como agua de mayo a que se acaben porque los detestas puede ser una buena manera de no pasar la vista de largo.

Me gustan los chicles de fresa.

25 de abril

Hoy no es día de bombines ni pamelas. No sólo hace mucho aire, sino que hace mucho viento, capaz de despeinarte los pensamientos más profundos.

Tampoco es tiempo de palabras habladas que, por el mismo viento, se pierden o no se atreven a despegarse de los labios.

Hoy es miércoles. No es día de pensar en el fin de semana cuando estamos a mitad de semana (que otros sitúan en jueves; precisamente, el día en el que para muchos empieza el fin de semana).

Un octubre en medio de un abril.

Al día de hoy le viene de perlas una tarta de tres chocolates, una camilla con brasero y el tiempo detenido en la agujas.

Y unas zapatillas de deporte. ¿Negras? Por ejemplo.