La casa por la ventana

Una cena necesita de comensales, comida y una mesa.

Mentira.

También necesita que los comensales, la comida y la mesa coincidan en tiempo y lugar. Y que ese tiempo y ese lugar sean satisfactorios para todas las partes, esto es: los comensales, la comida y la mesa. No he nombrado las sillas porque hay quien cena sin sillas, en el suelo, con un cojín, en un sofá… o quien cena de pie para ir más rápido o no gastar silla; por tanto, el elemento de asiento no es denominador común y adopta múltiples formas.

Julio tocaba a su fin con una temperatura agradable de noche de verano al tiempo que el lunes hacía honor a su nombre con una luna llena brillante en lo alto del cielo. Dos factores que invitaban a pasar la noche fuera de casa o, al menos, en un lugar sin techo.

La cena estaba lista desde el mediodía, los comensales iban llegando a cuentagotas y la mesa estaba dispuesta en el centro del salón, rodeada de sillas que la custodiaban y retenían para evitar que, en un alarde de locura, quisiera utilizar sus cuatro patas para emprender “una fuga”. Y así era, porque la mesa, que antes de mesa fue árbol, había nacido en una fábrica sueca de muebles y pasado su infancia en un oscuro almacén a la espera de que alguien se fijase en su atractivo color wengé y le diera de nuevo un hogar. Mucho tiempo a oscuras, alejada del olor y el tacto de la brisa de las tardes de verano de las que disfrutaba tiempo atrás. También ella quería cenar fuera de casa y así se lo hizo saber a los comensales, a los que convenció para que la sacaran a la terraza de aquel piso en el que el verano entraba por la cocina y salía por el salón, inundándolo todo de un cálido color naranja, el mismo color que la dueña quería darle a las paredes, brocha-gorda/rodillo mediante.

Y sucedió que el arquitecto del piso, sentado en su elegante despacho y bajo la luz de su flexo de arquitecto, optó por colocar las columnas en los sitios más incómodos, jugándose así su buen karma sólo por tener la fantasía de ver a los futuros inquilinos de su creación de ladrillo y tarima flotante retorcerse al tratar de meter los muebles por la puerta de entrada, luego por la del pasillo y después por la de cada habitación. Lo que el arquitecto no sabía era que, una vez realizada la mudanza, una mesa capulla les iba a dar la cena a los comensales mientras la comida se enfriaba por el puñetero capricho de ésta por cenar outside. Lo que el arquitecto no sabía es que sus escuadras y cartabones conjuraron en los planos una ventana a media altura en la escalera que comunicaba directamente con la terraza. Lo que el arquitecto nunca sabrá es cómo los comensales se las ingeniaron para esquivar columnas, marcos de las puertas, tiradores, mandos de la luz, cuadros y demás mobiliario urbano para sacar la mesa hasta la escalera y sacarla por la ventana. El arquitecto tampoco contaba con la fuera titánica de unos comensales aún sin comer, estoicos ellos, capaces de soportar cualquier dolor y no dejar que la mesa cayera al vacío y se precipitara contra las cuerdas de tender de la terraza de abajo, en cuyo caso, la mesa habría rebotado y la cosa no habría ido a más.

La mesa consiguió su objetivo y admitió de buen grado el mantel de flores que la cubría y protegía de la grasilla de la tortilla. Así fue como esa mesa les regaló a los comensales una bonita cena con olor a verano, amigos y risas: en el fondo, no lo había hecho por ella. Y así fue cómo les enseño que, por muy difícil que se pongan las cosas, siempre hay una solución por ahí escondida o, en su defecto, siempre se podrá echar la casa por la ventana, en sentido literal. Y con eso, seguro, que no contaba el arquitecto.

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