Chicles de fresa

Me sorprendió lo limpio, amplio, luminoso y vacío del baño de aquel restaurante de comida rápida. Un restaurante fotocopia a color de los muchos de su cadena (situados aquí y allá en el mapa), de esos que te ponen en bandeja redonda de aluminio la fantasía de que, al cruzar la puerta de salida, podrías encontrarte en cualquier otro lugar; algo parecido a la magia de los ascensores, a los que entras por unas puertas que tras unos instantes se abren hacia otro lugar. Y en aquel baño luminoso, pero en la oscuridad del cubo de basura, tiré el envoltorio de mis chicles de fresa.

Los chicles son un capítulo aparte en materia culinaria. Son una fantasía: emulan sabores, tantos como puedas imaginar; y, sin embargo, no hay ninguno con sabor a chicle porque, ¿a qué sabe un chicle realmente? Emulan comida, pero no te los puedes comer (dicen que se te pegan en la tripa), tragas aire y te dan más hambre, aunque el sabor del chicle en cuestión sea de fabada doble asturiana.

No me interesan los chicles.

Me interesa qué hacemos con ellos.

Dime qué mascas y te diré quién eres. Dime cómo lo mascas (con disimulo, rumiando como un mulo, a glotis descubierta) y te diré cómo eres. Dime por qué mascas chicle y te diré qué te preocupa. Dime dónde lo tiras y te diré lo guarro que eres. Los chicles hablan de nosotros cuando nosotros no podemos hablar porque tenemos la boca en otros menesteres (a no ser, claro, que estés mascando un chicle poligonero, que no sólo hace juego con los pendientes de aro de circunferencia des-Orbit-ada sino con la boca abierta de par en par).

¿Y qué pasa con los envoltorios de los chicles ya vacíos, conocedores de la historia de cada uno de los chicles que contenía? ¿No tienen nada que decir? Algunos envoltorios, como los de los chicles que guardan los cromos de Panini de la liga de fútbol tienen poco que contar pues son como el papel de regalo de los regalos que se esperan con impaciencia y que se desgarra sin prestar mayor atención. En cambio, hay otros envoltorios, como el que tiré a la basura en aquél restaurante, que te acompañan a lo largo de 10 comidas/cenas fuera de casa, una por cada chicle, y que serían un diario de bolsillo en papel de aluminio, conocedor de los días en los que la rutina escapa de sí misma.

Aquel envoltorio arrugado, anciano, con experiencia y con los chicles ya emancipados lo compré en una máquina de auto-venta, viajó conmigo en el bolsillo de distintos pantalones y, cada vez que lo sacaba de allí para coger un chicle de fresa ácida, él veía un sitio distinto: la casa de un amigo, Madrid, un parque, una boda… Creería que los bolsillos de un pantalón tienen algo de mágico, como las puertas de un ascensor o las de un restaurante de comida rápida.

Si dejásemos hablar a los envoltorios de chicles, nos contarían cosas de nosotros mismos que ni siquiera nosotros sabemos. Nos invitarían a saborear sabores imaginarios de chicle. Nos dirían que hay historias tan pequeñas que caben en el hueco que dejan 10 chicles. Pero para eso hay que prestar atención. Comprar chicles de fresa ácida porque no hay de los de menta y esperar como agua de mayo a que se acaben porque los detestas puede ser una buena manera de no pasar la vista de largo.

Me gustan los chicles de fresa.

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Un comentario en “Chicles de fresa

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